La vuelta a la ciudad

Desde hace algunos años, muchas de nuestras ciudades han ido mutando hacia una ampliación exultante que, vistos los resultados, ha quedado patente que no era síntoma de éxito sino de enfermedad.

Y ahora nuestro tejido centro va perdiendo gradualmente comercios y espacios de encuentro. Y adolece mortecino sembrado de “se alquila”. Y se va poblando de huecos que hacen que la lectura de la ciudad sea cada vez más difícil y precise de especialistas intérpretes que nos ayuden a comprender mejor lo que fue y por qué ya no lo es. Arqueólogos capaces de arañar las capas de barniz ennegrecido y rescatar la esencia. Profesionales que nos ayuden a soñar colectivamente con la posibilidad de recuperar y redefinir nuestro espacio.

Primero fueron las grandes superficies y luego llegaron las franquicias. Luego los mega centros se llevaron lo uno y lo otro. Y a gran parte de la gente que vivía y transitaba por allí.

Ir al teatro en la ciudad parece, cada vez más, como adentrarse en Gotham. Una ciudad rota y, en medio, una isla de excelencia donde se programa la más alta cultura y a la que asisten los distinguidos miembros de nuestra sociedad ataviados con sus mejores pieles y joyas.

¿Os imagináis una ciudad que colectivamente decide recuperar su centro y para ello propusiera el cierre de los espacios de ocio periféricos favoreciendo e incentivando la vuelta del tejido comercial y de servicios de ocio a la ciudad? ¿Qué supondría para la ciudad? ¿Y para su economía?

¿Y para su cultura?

 @angelportoles

Hacia una recomendaciones sobre intervención en el Patrimonio Cultural

En los dos posts anteriores publicados originalmente en Arsipe (Valor de no uso e Interferencias) podemos encontrar un hilo conductor común: el respeto con el que debemos establecer una relación con el patrimonio cultural.

Respeto, acercamiento o, en función del grado de peligrosidad para la supervivencia del bien cultural, alejamiento.

Asustan los subterfugios de dinamización territorial a bombo y platillo, que ponen en serio peligro un patrimonio que es de todos y, lo que es peor, lo supeditan a rifas y chollos al más puro estilo de promoción salvaje inmobiliaria o turística de hace algunos años y que se ha demostrado sobradamente incapaz, ineficiente y peligrosa.

Asusta el Turismo cuando le vemos los dientes y las garras. Turismo modo apisonadora que aplasta y esquilma el territorio. A expensas del político y de muchos medios de comunicación demasiado deudores. Que destroza el bosque entero para tener un acceso cojonudo con párking, restaurante y hotel para poder hacer cola y fotografiar aquel raro ejemplar que, por otro lado, ni siquiera te interesaba demasiado hasta que salió en la televisión y lo hizo irresistible.

Asusta la legión de técnicos que perdieron su criterio y ética. Que se pasaron al peor político y que difícilmente serán cuestionados o imputados cuando aquel bien que se ha mantenido por espacio de muchos años ceda y sucumba a la miríada de microorganismos vaporosos de los afortunados que se fueron a casa contentos y satisfechos y sin saber que forman parte del selecto club de los utilizados.

Asusta el voluntarismo de zapatillas de andar por casa. Sin control y sin paciencia. Legitimados localmente hasta que se quedan solos. Voluntarios que necesitan formación. Asesoramiento. Dirección. Que necesitan que se les valore y formar parte del proceso. Que se les atienda. Y se les entienda.

Y todo pasa por el respeto. Al bien que pretendemos proteger y dar a conocer y al profesional que ha dedicado sus años a formarse para poder asumir los riesgos que siempre están presentes en cualquier tipo de intervención en el patrimonio. Porque conoce las normas, procedimientos y técnicas.

Me atrevo en este post a lanzar una serie de recomendaciones que, como mínimo, deberían tenerse en cuenta a la hora de plantearse la intervención en un bien patrimonial. El punto de partida se encuentra en la necesidad de buscar unos criterios generales para cuando las cosas no se hacen tal y como deberían pero, aun así, se hacen.

Como podrá verse en algunos puntos más que en otros, estas recomendaciones están sobretodo pensadas para una intervención en un inmueble. Este documento es un punto de partida que nace para que se vaya afinando hasta llegar a unas recomendaciones más generales y basadas en la participación de profesionales que desde sus ámbitos de intervención en proyectos de conservación y restauración del patrimonio cultural estén dispuestos a hacer sus desinteresadas aportaciones.

Por último, me gustaría agradecer la inestimable ayuda de María Cervera y de Mayte Pastor, que han revisado las recomendaciones que podéis ver a continuación.

Recomendaciones a la hora de realizar una intervención en un bien patrimonial

1. Al tratarse de un bien patrimonial, nuestra primera recomendación debe ser la de contactar con profesionales que nos asesoren sobre el modo de actuación y que puedan supervisar e incluso dirigir el proceso. La buena voluntad no es suficiente y todos conocemos tristes y mediáticos ejemplos de ello.

2. Respetar el bien patrimonial. Se trata de un elemento que nos explica nuestro pasado. Nos ayuda a entender por qué nuestro territorio es de esa forma tan concreta que hoy conocemos.

3. Mantener su originalidad. Cada bien patrimonial es único y su estado es fruto de su historia. Por este motivo, nuestra recomendación es, de manera general, preservarlo tal y como se encuentre. En los casos en los que su aspecto actual sea fruto de intervenciones o restauraciones posteriores que ocultan un estado anterior más relevante desde una perspectiva artística o histórica, su estudio y actuación deberá pasar obligatoriamente por las manos de un profesional. En aquellos casos que peligre la integridad del bien, la intervención será la mínima posible y lo más respetuosa y su objetivo será, por regla general, el de consolidar más que restaurar.

4. Consolidación: los trabajos irán destinados a evitar que las grietas vayan a más y revisar la estructura y acabado para detectar posibles problemas estructurales y ver cómo afecta al inmueble el agua, las filtraciones y cualquier otro agente externo.

5. Preservación de los elementos originales: en este caso, no cubriremos agujeros o arranques de vigas que nos hablen sobre el espacio anexo original existente. En caso de que esos agujeros sean peligrosos para la conservación, procederemos a su tapado con un material diferenciado y reversible ya que nos interesa, por un lado, preservar el inmueble pero también mantener su originalidad para su correcta interpretación.

6. Reversibilidad. Cualquier intervención que se realice en un bien cultural debe ser reversible, es decir, debe realizarse con unos materiales y de una forma que permita, en caso que fuera necesario, su eliminación sin que ello afecte a la integridad del bien cultural.

7. Seguridad: a nivel estructural, debemos asegurarnos que no tenemos elementos que puedan desprenderse. Para su fijación o sustitución utilizaremos materiales específicos (ver punto materiales).

8. Acceso y delimitación: en su acceso, los materiales que tengamos que realizar serán coherentes con los utilizados originalmente en el bien (tierra del lugar, piedras similares a las utilizadas…). Para evitar accidentes, se pueden utilizar vallas que eviten caídas y que preserven el espacio del inmueble. Si es posible, evitaremos que las vallas estén fijadas al mismo bien.

9. Materiales y técnicas. La premisa es respetar y seguir los materiales utilizados en la construcción original. Para sustituciones de piedras utilizaremos las más parecidas a las originales. Como material de unión, el más parecido al original (argamasas con cal tradicional p.e.).

  @angelportoles

Interferencias

Se encuentran en mitad de un campo. O en la cima de una montaña. Salpican nuestra geografía explicándonos un tiempo que aunque cronológicamente no dista mucho del presente, mentalmente parece a años luz de distancia. Son las norias, neveras, casetas de pastor, construcciones de piedra en seco… que descansan después de muchos años de trabajo duro. Que se mantienen al límite a expensas del próximo invierno o de la siguiente ciclogénesis explosiva de un voluntarismo mal entendido de quienes, sin quererlo, desvirtúan, modifican e incluso ridiculizan el patrimonio.

Y generan sentimientos encontrados en quienes se acercan para admirar la pasmosa sencillez de un pequeño aljibe que, aunque en desuso, todavía consigue recoger un poco de agua como si, a estas alturas, tuviera que justificar su crucial funcionalidad.

¿Qué esperas ver después de una larga ruta de montaña? ¿Y qué no?

Cuando me acerco a disfrutar de un bien cultural, y con ello incluyo al entorno que lo contextualiza, mi aproximación es cauta. Nerviosa. Como esperando y temiendo encontrarme con intervenciones poco respetuosas y muy cuestionables o con una señalética increíblemente desproporcionada, insulsa o dañina. Me produce terror la calidad y acierto de la dudosa literatura que en muchas ocasiones empaña a la modesta noria. Y su desproporcionado formato. Y su terrible localización, muchas veces empañando la visión del conjunto y su entorno. Otras veces, las menos afortunadamente, incrustadas en sus muros deformando la pureza de la sencillez.

Quizás sea el uso del cemento que se ha fijado irremediablemente en los poros de la piedra. O la falsa nostalgia de un tiempo pasado que no fue tan de color de rosa y que estuvo lleno de privaciones, trabajo y cansancio. La piedra ya no nos habla tan claro y el mensaje que nos llega como visitantes es engañoso. Como si el objeto de la intervención sobre el patrimonio no fuera su conservación y difusión. Como si, al final de todo, se tratara de una cuestión de egos. Egos y lápidas.

 @angelportoles

Valor de no uso

¡Yo no quiero ir a ver las pinturas de Altamira! Estoy convencido que puedo soportar la increíble decepción de saber que no entraré en ese espacio sagrado. Soy fuerte. Buscaré, si hace falta, nuevos hobbies y ocupaciones para los fines de semana. Quizás acabe aquel puzle. O me apunte a alguna actividad de moda estilo ganchillo. Una buena opción podría ser estar muy atento a la gente de Acción Poética La Plana-Castelló y alistarme. Vaciar mi mente y centrarme en el negro sobre blanco para, entre todos, construir un verso que conmocione al visitante ocasional.

No estoy de acuerdo con alternativas de prueba que no superan razones más allá de las supuestamente mediáticas y políticas. 5 visitantes a la semana…

¿Qué pretenden? ¿Realmente piensan que a la larga podrán armar un tinglado alrededor de algo tan delicado? ¿Cuál es el mensaje que le llega a la gente?

Parece como si el objetivo fuera generar una necesidad que no es real: la de miles de visitantes que ya sueñan con paquetes turísticos comprimidos en los que, de 10:45 a 11:05, podrán zambullirse aun sabiendo que su mera presencia es tóxica para las pinturas y el sensible ecosistema.

Valor de no uso. Hace algunos días, Jaron Rowan planteaba en el 7 simposio de la APGCC la importancia de este concepto que nos hace formar parte de una identidad colectiva. Nunca visitaré tal o cual inmueble pero eso no supone que no sea capaz de conocer y apreciar ese bien patrimonial. No iré pero debe estar. Quizás no vaya nunca a la ópera. Pero eso no quiere decir que no comprenda su valor artístico, histórico, etcétera. No espero un retorno directo pero necesito que permanezca y comprendo su importancia.

Volviendo a las pinturas de Altamira, ¡necesito no ir! Y que tú tampoco vayas. El riesgo es mayor que el beneficio. Mi responsabilidad es la de garantizar en la medida de mis posibilidades, que el patrimonio permanezca para quien venga tras nosotros. Y lo digo por pura responsabilidad. Consciente del peligro que supone para los bisontes mi mera presencia. Mi calor y mi humedad. Mis ganas de acercarme, de tocarlas y sentir lo mismo que aquellos que, hace miles de años, crearon esta emoción universal. Visitemos las réplicas. Exactas. Bien interpretadas por profesionales que nos ayudan a comprender la importancia de este patrimonio y, sobretodo, la importancia de la copia como medida de protección. De supervivencia.

 @angelportoles

El querer

Resulta que hace no demasiado me contaban que un par de tipos esperaron en la puerta de un bar a que el encargado de recoger la recaudación de las tragaperras saliera para birlarle el dinero. El señor, superado el primer instante de shock, corrió tras el coche sin perderle la pista hasta que, sorprendido, vio como el par de listos paraban en una gasolinera próxima…

Como os podéis imaginar, estas dos personas fueron pilladas y supongo que, además de lo mucho o poco que les cayó por procedimiento ordinario, lo que se llevan y se llevarán de por vida es una cicatriz profunda y dolorosa allá donde más duele: el orgullo.

Pensando en esta situación tan absurda no puedo más que acordarme de lo importante que es planificar bien nuestras acciones, asignándoles un instante de reflexión y análisis y dotándolas del tiempo necesario para su buena ejecución. Y con nuestros proyectos culturales pasa lo mismo. Que empiezan mucho antes de que se vean y disfruten. Antes incluso de trasladarlos al papel. Empiezan con la reflexión premeditada y con la construcción de un buen andamiaje que combine la solidez y la flexibilidad. No es suficiente con tener buenas ideas. Hay que saber llevarlas a cabo.

No es la primera vez que hablamos en este blog de lo importante que es el cómo y no nos cansaremos de repetirlo. Y una de las claves es la participación. Solidaria. Horizontal. En positivo y desde el principio. Y esto quiere decir que las acciones y los proyectos tienen que partir de la revisión y actualización de las políticas culturales de, por ejemplo, nuestra localidad.

¿Existen?¿Hacia dónde van? Y a medio y largo plazo, esto es, más allá de los cuatro años, ¿hay algún tipo de consenso de mínimos entre las fuerzas políticas actuales, los grupos no representados y la ciudadanía en general?

A veces es como si nuestros representantes no estuvieran del todo interesados en nosotros. Empiezo a pensar que cada vez estamos menos representados y más huérfanos. No se trata de que sean lobos entre el rebaño. Tampoco los quiero de pastores. Se trata de que no somos un rebaño. Sumamos tantas diferencias como individuos. Y nuestra casuística es tan compleja que puede darse el caso de que lo que piensan de nosotros no sea reflejo de lo que mi pueblo quiere, demanda, solicita o necesita.

Agenda 21 de la Cultura, Foros de Participación, Asambleas ciudadanas… existen muchas maneras de organizarse y muchos canales a disposición de todos para iniciar dinámicas con las que conocer mejor a las personas y sus necesidades. Pensadas para fomentar el consenso y la coherencia. Y también la responsabilidad a la hora de acometer inversiones y planes con dinero que muchas veces, viene bien recordar, es de todos y para todos aunque intuyo que, en muchas de las ocasiones, siempre falta el querer…

@angelportoles