¡Santa Lucía nos conserve la vista!

Quizás os pueda sorprender si os digo que Castellón vale la pena. Si cerramos un instante nuestros ojos, la imagen que nos viene a la cabeza puede que no sea del todo positiva. Si nos prestamos a un experimento para buscar relaciones rápidas, de esos en los que te dicen “rosa” e, inmediatamente, contestas “belleza”, “espina”, “alergia” o cualquier otro concepto similar, lo más probable es que cuando en este ficticio test nos digan “Castellón”, las respuestas recorrerán una buena parte de nuestra actualidad más sonrojante, formada por complejos vacacionales brutales, aeropuertos sin aviones, políticos de renombre, etcétera.

Pero Castellón es eso y mucho más. Mucho más que un territorio mal vertebrado, que arrincona todo lo que puede el interior para conducir el flujo de servicios, visitantes, paseantes y turistas hacia el litoral. Mucho más que el destino de todas y cada una de las felices ideas de quienes no lo aman y proyectan y proponen, como receta para la salvación de la crisis y fomento de la oportunista y feroz promesa del empleo, incineradoras de residuos, minas a cielo abierto o fraking. En Castellón, junto a este modelo megalómano, cohabita una manera radicalmente diferente de hacer las cosas, que se basa en las relaciones entre las personas y su colaboración y que se cimenta en la horizontalidad de su estructura. Es la forma de hacer de los pueblos pequeños o muy pequeños. Que trabajan en red. Que comparten y soportan en grupo el peso de los servicios sociales, de limpieza… Que resisten las casi dos horas en algunos casos de coche para acceder a una sanidad que tienen por derecho. Que aspiran a conocer día a día mejor su pueblo y que lo miman y cuidan responsablemente.

Pequeños pero muy grandes y bien tejidos. Anudados por un sinfín de asociaciones y grupos ciudadanos. Pueblos resilientes que se bambolean firmes frente a los constantes y brutales ataques porque mantienen muy hondas y muy vivas sus raíces. La escala favorece el surgimiento de iniciativas efectivas de apreciación del paisaje y del territorio. Y en medio de todas las tensiones y esfuerzos, en muchas ocasiones intuimos la presencia de un grupo de profesionales formado por Agentes de Desarrollo Local, trabajadores sociales y gestores culturales que actúan como correa de distribución y facilitadores de la transmisión necesaria para coordinar y poner en contacto a los unos con los otros.

De sobras conocidos y valorados por quienes trabajamos en el territorio, su posición es de un tiempo a esta parte muy frágil, demasiado expuestos a los vaivenes de la política local y de los funestos planes autonómicos. Frente a la diversidad y colorido que estos profesionales nos proporcionan, el marco que se pretende imponer se pinta en escala de grises y se orquesta al más puro estilo de los valores y supuestos de la evangelización de las Américas, del buen salvaje y de la buena nueva en versión gurú chamánico de los noventa venido a menos.

¡Santa Lucía nos conserve la vista!

@angelportoles 

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