Interferencias

Se encuentran en mitad de un campo. O en la cima de una montaña. Salpican nuestra geografía explicándonos un tiempo que aunque cronológicamente no dista mucho del presente, mentalmente parece a años luz de distancia. Son las norias, neveras, casetas de pastor, construcciones de piedra en seco… que descansan después de muchos años de trabajo duro. Que se mantienen al límite a expensas del próximo invierno o de la siguiente ciclogénesis explosiva de un voluntarismo mal entendido de quienes, sin quererlo, desvirtúan, modifican e incluso ridiculizan el patrimonio.

Y generan sentimientos encontrados en quienes se acercan para admirar la pasmosa sencillez de un pequeño aljibe que, aunque en desuso, todavía consigue recoger un poco de agua como si, a estas alturas, tuviera que justificar su crucial funcionalidad.

¿Qué esperas ver después de una larga ruta de montaña? ¿Y qué no?

Cuando me acerco a disfrutar de un bien cultural, y con ello incluyo al entorno que lo contextualiza, mi aproximación es cauta. Nerviosa. Como esperando y temiendo encontrarme con intervenciones poco respetuosas y muy cuestionables o con una señalética increíblemente desproporcionada, insulsa o dañina. Me produce terror la calidad y acierto de la dudosa literatura que en muchas ocasiones empaña a la modesta noria. Y su desproporcionado formato. Y su terrible localización, muchas veces empañando la visión del conjunto y su entorno. Otras veces, las menos afortunadamente, incrustadas en sus muros deformando la pureza de la sencillez.

Quizás sea el uso del cemento que se ha fijado irremediablemente en los poros de la piedra. O la falsa nostalgia de un tiempo pasado que no fue tan de color de rosa y que estuvo lleno de privaciones, trabajo y cansancio. La piedra ya no nos habla tan claro y el mensaje que nos llega como visitantes es engañoso. Como si el objeto de la intervención sobre el patrimonio no fuera su conservación y difusión. Como si, al final de todo, se tratara de una cuestión de egos. Egos y lápidas.

 @angelportoles

Valor de no uso

¡Yo no quiero ir a ver las pinturas de Altamira! Estoy convencido que puedo soportar la increíble decepción de saber que no entraré en ese espacio sagrado. Soy fuerte. Buscaré, si hace falta, nuevos hobbies y ocupaciones para los fines de semana. Quizás acabe aquel puzle. O me apunte a alguna actividad de moda estilo ganchillo. Una buena opción podría ser estar muy atento a la gente de Acción Poética La Plana-Castelló y alistarme. Vaciar mi mente y centrarme en el negro sobre blanco para, entre todos, construir un verso que conmocione al visitante ocasional.

No estoy de acuerdo con alternativas de prueba que no superan razones más allá de las supuestamente mediáticas y políticas. 5 visitantes a la semana…

¿Qué pretenden? ¿Realmente piensan que a la larga podrán armar un tinglado alrededor de algo tan delicado? ¿Cuál es el mensaje que le llega a la gente?

Parece como si el objetivo fuera generar una necesidad que no es real: la de miles de visitantes que ya sueñan con paquetes turísticos comprimidos en los que, de 10:45 a 11:05, podrán zambullirse aun sabiendo que su mera presencia es tóxica para las pinturas y el sensible ecosistema.

Valor de no uso. Hace algunos días, Jaron Rowan planteaba en el 7 simposio de la APGCC la importancia de este concepto que nos hace formar parte de una identidad colectiva. Nunca visitaré tal o cual inmueble pero eso no supone que no sea capaz de conocer y apreciar ese bien patrimonial. No iré pero debe estar. Quizás no vaya nunca a la ópera. Pero eso no quiere decir que no comprenda su valor artístico, histórico, etcétera. No espero un retorno directo pero necesito que permanezca y comprendo su importancia.

Volviendo a las pinturas de Altamira, ¡necesito no ir! Y que tú tampoco vayas. El riesgo es mayor que el beneficio. Mi responsabilidad es la de garantizar en la medida de mis posibilidades, que el patrimonio permanezca para quien venga tras nosotros. Y lo digo por pura responsabilidad. Consciente del peligro que supone para los bisontes mi mera presencia. Mi calor y mi humedad. Mis ganas de acercarme, de tocarlas y sentir lo mismo que aquellos que, hace miles de años, crearon esta emoción universal. Visitemos las réplicas. Exactas. Bien interpretadas por profesionales que nos ayudan a comprender la importancia de este patrimonio y, sobretodo, la importancia de la copia como medida de protección. De supervivencia.

 @angelportoles