La cajita de oro

Más de una vez se nos pide restarle calado a nuestro trabajo, a nuestro proyecto. Suavizar su profundidad y espesor para que “cuele”, para que ocupe ese espacio venido a menos que siempre tenderá a reducirse hasta quedar convertido en expresión de la nada. Como practicar un ERE a una idea y que siga manteniendo su alma.

Me viene a la cabeza un juego de destreza y precisión en el que, a partir de una torre de piezas, le vas quitando, de una en una, maderitas sin que la torre caiga. Dependiendo de las capacidades y pulso de los jugadores, la estructura va perdiendo complejidad, despojándose de elementos superfluos, hasta quedar un armazón demasiado endeble como para soportar el equilibrio de la construcción. Y entonces todo cae.

Redimensionar a pequeña escala. Casi hasta lo absurdo. Evitando mirarte a los ojos. “No es cosa mía”. Generando coartadas para lo que creen que, independientemente de lo que digas, es un gasto inútil e injustificable en el mundo real por lo que se aconseja realizarlo con nocturnidad y alevosía. “No se trata de lo que me estás proponiendo. Más bien estamos hablando de cómo me beneficiará esto a mí y por eso debes empezar cortándole las uñas y las patillas”.

La simple propuesta de hacerlo a medias debería ser, en más de una ocasión, motivo suficiente para plantearse dejarlo estar… Charcuteros pertrechados con escuadra, lápiz y, de un tiempo a esta parte, formón y lija para adelgazar sin corromper. Para suavizar y hacer transparentes las propuestas. “Hoy me llevo dos lonchas de salami y tres de jamón del baratito. Póngame un buen lazo y una cajita de oro, que es para regalar…”.

Hipocresía llevada al extremo que sostiene y multiplica las cajitas doradas pero que hurga sin compasión en su interior, sin preocuparle el consiguiente mal estructural de huesos o el irremediable fallo interno. Sostengamos, al precio que sea, las apariencias bien altas, aunque nuestros sombreros se parezcan, cada vez más, al de Carpanta.

Puede parecer un poco exagerado pero más de uno debería sincerarse consigo mismo y con sus votantes y pregonar a los cuatro vientos el nuevo equipamiento cultural singular especialmente diseñado para moscas y arañas. Para roedores y cucarachas.

 @angelportoles

I’m not a superman

Oye… y tú… ¿a qué te dedicas?”

Me han vuelto a pillar y ya van… Siempre igual. Cuando más relajado estoy, cuando menos me lo espero, viene el tío Pepe, el marido de la tía Amparo, hombre educado donde los haya y muy discreto, y me destroza con la preguntita…

Pues soy – a ver cómo se lo digo sin que parezca un besugo- Gestor Cultural”.

A veces, sólo a veces, confieso que tengo serias tentaciones de mentir y decir que soy médico. O fontanero. Sería más fácil. Como un superhéroe con identidad secreta. Ponerme las gafas y hacerme un elegante rulo con mi pelazo negro casi azul. Poder decir, con toda tranquilidad, que trabajo en el diario local de reportero y que me gustaría conocer tu opinión al respecto del último tema de actualidad política, social o deportiva. Y luego, a escondidas, aprovechando la oscuridad, tirarte una tarta para que escarmientes.

guardianes015base

Somos los que pensáis que trabajamos amenizando las fiestas y que acompañan las copas. Los que, según vosotros, mola tener alrededor porque os hacemos parecer más demodé. Los que valíamos mucho cuando la pasta no era el problema. Los imprescindibles de lo superfluo.

Vivimos con vosotros. Entre vosotros. Sentimos y padecemos. Pagamos impuestos y generamos trabajo. Y también ilusión. Formados y preparados para llevar a cabo nuestro trabajo. Capaces y sobradamente creativos para soñar nuevas formas de establecer vínculos entre las personas en torno a algo tan fundamental como es la cultura. Somos profesionales de la gestión cultural.

 @angelportoles

Cómic de Pedro Cifuentes, profesor de sociales y autor de la tira cómica “En clase no se dibuja”