Patrimonio rural destruido

Muros de piedra caídos por los que se escapa la tierra cada vez que la lluvia hace su aparición. Corrales con los techos a punto de derrumbarse. Aljibes incapaces de almacenar agua. Caminos y sendas inundados de vegetación. Arcos en el suelo con las dovelas enterradas entre los cascotes y la maleza. Bóvedas agrietadas a punto de dejar al descubierto el espacio que protegían… Edificaciones cansadas que han cumplido de largo su cometido por espacio de muchos años. Que se han mantenido gracias a la funcional importancia que proporcionaban a un medio de vida a punto de desaparecer o de, al menos, mutar. Patrimonio en minúsculas. Que no forma parte de los catálogos y que no destaca en los folletos turísticos. Escondidos entre la maleza intentando que pasen desapercibidos.

 

Sistemas constructivos funcionalmente perfectos. Patrimonio bello. Que nos enseña a entender y comprendernos mejor. Que sirve de ancla y de vela. Que nos fija y nos transporta. Patrimonio pendiente de descubrir. De visitar por primera vez. De interpretar. Auténtico. Relacionado. Un patrimonio con un pasado a todo color y con un presente y futuro en tres dimensiones.

 

Perdida la utilidad con la que fueron creados, adquieren una dimensión estética que nos pone en relación con la naturaleza, el paso del tiempo y nuestra inmortalidad. Como medio para comprender el paso del tiempo y la fragilidad de nuestros bienes culturales. Laboratorio a escala real para analizar las soluciones arquitectónicas utilizadas, las modificaciones y reparaciones de urgencia aplicadas y el resultado que éstas dieron. Para poder conocer mejor los materiales, su resistencia, su evolución. El abandono y la destrucción como recurso interpretativo.