Slow-project

Es el momento de comunicarnos entre nosotros, de conocernos para contrastar nuestras acciones y afilarlas. Hasta ahora, detenerse era casi un signo de debilidad. Ahora, cada vez más, se perfila como necesario, fundamental.

Hacer las cosas de otra forma. Bajar las pulsaciones hasta números más saludables. Poder dedicar un tiempo a reflexionar sobre un proyecto y su continuidad. Frente a estrategias de acercamiento a nuestros vecinos basadas en el suministro frenético de actividades culturales, ahora es el momento de replantearnos los motivos para engarzar, cada una de éstas, en un proyecto sólido.

Permitirnos el lujo de realizarlo tal y como lo proyectamos en el sufrido papel, realizando las evaluaciones transversales periódicas y las reuniones de revisión de la finalidad y sus objetivos, caracterizando a nuestro público y su perfil que, como todo, ha cambiado mucho desde la última vez que lo conocimos. Es la hora de mimar nuestros proyectos y dedicarles la atención personalizada que nunca debimos permitir que se esfumara…

La actividad cultural, como siempre debió ser, es un recurso no un fin.

El docente como vaso comunicador del hecho cultural.

La difusión de nuestro proyecto cultural debe estar presente en todo momento. Tenemos que asegurarnos de que la información llegue tanto a nuestro público (detectado previamente y analizado su perfil a partir de los instrumentos que tenemos a nuestra disposición) como a otros posibles interesados que todavía no conocen nuestra actividad y sus características. Esta tarea de comunicación y difusión debería compartirse no sólo por todos y cada uno de los implicados en el proyecto, por modesta que sea su aportación, sino también por los agentes multiplicadores que detectamos en el marco en el que desarrollamos nuestro proyecto.

En un centro de enseñanza, una de las figuras clave para hacer esta tarea de difusión es el docente, que debe tener una responsabilidad añadida hacia sus alumnos más allá de la mera transmisión de los contenidos homologados en una asignatura y esta premisa debe ser todavía más evidente en la universidad, sede del conocimiento y formadora de personas reflexivas y responsables. También lo es en los contextos locales, en los que la visita a los centros culturales y demás equipamientos con programación cultural, debería ser parte importante de la formación de los niños y jóvenes, y a ello deben comprometerse los docentes al elaborar sus programas.

El docente debe sugerir o, al menos, informar de las iniciativas culturales actuales y permitir y facilitar su acceso. En el caso de las universidades, para poder llevar a cabo esta sinergia, se hace patente la necesidad de aunar esfuerzos tanto a nivel político como técnico de los distintos vicerrectorados y órganos en los que se constituyen las Facultades y demás estructuras supeditadas. En el caso de los centros de educación primaria y secundaria, la relación entre el docente y los agentes culturales locales debería buscarse y mejorarse.

La figura del Comisario y su implicación en el proyecto

La figura del Comisario está en constante redefinición y ampliación de competencias.

Además de una exposición excelsa, el comisario debe conocer y comprender las tareas asumidas por el grupo que lleva a cabo la exposición (desde la gestión administrativa al artista, pasando por los instaladores, transportistas, etc.) y sus necesidades para poder realizar una planificación real a todos los niveles.

Del mismo modo que las exposiciones son, cada vez más, proyectos integrales, a las tareas tradicionales del comisario (definición de la muestra, contacto permanente con los artistas y planteamiento y desarrollo del catálogo…) se suman, cada vez más, otras tareas complementarias como, por ejemplo, de búsqueda de participación mediante la programación lateral de actividades que enmarquen la exposición y la nutran del necesario público.

Próximo lunes, 22 de octubre: El docente como vaso comunicador del hecho cultural.

Unas claves para mejorar los resultados de los proyectos expositivos. La labor de equipo.

Hay formas y formas de acometer un trabajo, un proyecto, una exposición. Sin entrar a realizar una disertación sobre los distintos modelos y sus ventajas e inconvenientes, nos parece necesario reafirmar una de las bases que deben sustentar nuestro trabajo: la labor de equipo.

Pensando en todas aquellas personas que, de una u otra forma, participan en el proceso expositivo, parece lógica la importancia de una buena comunicación y una buena relación tanto personal como profesional.

No hacen falta códigos deontológicos que nos enumeren acciones, actuaciones y comportamientos. Es, por lo general, tan sencillo como aplicar la lógica y el sentido común. Todos y cada uno de los implicados en nuestro proyecto (artista, comisario, personal técnico, proveedores externos e internos…) debemos remar en la misma dirección, en sintonía, en eficaz coordinación, perfeccionando las tareas y afinándolas para adaptarse a los plazos y solucionar de manera eficaz y eficiente los imprevistos y las urgencias.

Tan sencillo como esto. Tan complicado como esto.

Próximo lunes, 15 de octubre: La figura del Comisario y su implicación en el proyecto